22/01/2026

ROAD POR GANDÍA - DÍA 1: Tres ciclistas, un motor oculto y el emperador de las cimas (22-NOV-2025)

Melofo subiendo las cuestas del puerto de La ValldÈbo con el Mediterráneo al fondo

La mañana amaneció en Pego con ese aire engañoso que invita al optimismo ciclista. Cielo limpio, solete, frío pero no extremo, algo de viento y esa sensación previa de que hoy, sí, hoy las piernas van a responder. Spoiler: no respondieron. Pero aún no lo sabíamos.

Tres ciclistas, tres maneras de entender el ciclismo y una ruta de 64 kilómetros por algunos de los parajes más bellos y exigentes de la Marina Alta. Quicof, montado en una bicicleta eléctrica que parecía recién salida de un laboratorio alemán, Capitán Chándal, autoproclamado líder moral del grupo y firme defensor del ataque en la cima como forma de vida y por ultimo yo (Valls) fiel al sufrimiento clásico y enamorado del rodillo indoor.


Los primeros kilómetros desde Pego transcurrieron tranquilos. Conversación fluida, risas, comentarios sobre lo bien que se iba y alguna promesa poco creíble de “hoy voy a reservar”. La carretera todavía respetaba y el grupo avanzaba compacto. Quicof rodaba con una sonrisa sospechosamente relajada; yo medía esfuerzos con cabeza; y el Capitán observaba el horizonte, como un general romano esperando su momento.

La subida del puerto Vall d’Ebo fue el primer acto serio del día. El asfalto empezó a inclinarse con pendientes del 9% y el grupo se estiró. Quicof subía con la serenidad de quien sabe que, pase lo que pase, siempre hay un plan B, su botón electrificado mágico. Yo buscaba mi ritmo, concentrado, respiración controlada y como siempre el pulso alto. Y el Capitán Chándal sufría. Sufría mucho. Pero sufría con dignidad.







Coronamos, unas fotos en la cima y hacía Vall d'Ebo que nos dirigimos en un largo y vertiginoso descenso.








El desnivel volvió subiendo a la Cova del Rull, y  aparecieron las temidas rampas al 16%, sufríamos, pero se avanzaba y entonces, al coronar… ataque. Seco, decidido, completamente innecesario. Nadie había atacado antes, nadie parecía querer hacerlo, pero ahí estaba él, lanzando la bici hacia adelante como si se disputara una etapa del Tour. Duró poco. Muy poco. Lo justo para poder decir: “he atacado en la cima”. Objetivo cumplido. Ya le atacaremos otro día cuando esté perjudicado por la noche anterior, venganza.





Siguiendo la ruta, nos desviamos hacia el Mirador del Xap, con la esperanza de disfrutar de las vistas panorámicas que la zona prometía. Sin embargo, nuestras monturas no pudieron acompañarnos hasta el mismo mirador, algunas obras de la carretera bloqueaban el acceso, obligándonos a conformarnos con una versión “frustrada” del paisaje, y aprovechando para picar algo antes de continuar, geles y cosas de esas deleznables.






Tras este pequeño desvío frustrante, el descenso y el terreno rompe piernas camino de Alcalà de la Jovada retomaron el guion habitual: cada subida, por pequeña que fuera, activaba el mismo ritual: sufrimiento, silencio, respiración agónica… y ataque imperial en la cima. Quicof asistía a la escena con la curiosidad de quien observa un fenómeno natural inexplicable, mientras yo ya empezaba a asumir que aquello no iba a cambiar.

El Collado de Benissili fue otro escenario perfecto para el teatro del Capitán. Subida dura, piernas cargadas, sudor cayendo a plomo… y ataque. Esta vez con algo más de dramatismo, como si esperara aplausos invisibles entre los pinos que quedan en la zona. Quicof llegó unos metros después, sin despeinarse, comentando tranquilamente la historia del paisaje de años atrás. Mientras tanto, yo llegué pensando en mis decisiones vitales (¿aquí cuándo se come?).

El paso por la Vall de Gallinera trajo un breve armisticio. Bajadas largas, vistas espectaculares y esa falsa sensación de recuperación. Error clásico. El cansancio seguía ahí, esperando su momento. Aun así, el grupo avanzaba con buen ánimo, sabiendo que el kilómetro 46 traía consigo algo más importante que cualquier puerto: LA COMIDA.

Y qué comida.

En Beniali, ya con las piernas tocadas y el espíritu algo más débil, hicimos parada técnica en el restaurante El Jabalí. El nombre prometía. Y cumplió con creces. Nos sentamos con hambre primitiva, de esa que no entiende de dieta ni de pulsaciones. Llegaron los platos y aquello fue una copiosa comida de jabalí, contundente, poderosa, diseñada expresamente para sabotear cualquier intento de seguir pedaleando después.



Carne sabrosa, raciones generosas y silencio reverencial mientras masticábamos como si no hubiera un después. Quicof recuperaba energía como quien enchufa directamente el cargador, con su inconfundible pelo de viejo rockero con forma y medida inexplicable, desplegado sin pudor ante el jabalí, como si aquella melena hubiera salido expresamente a rendir homenaje al animal caído. El Capitán comía con la solemnidad de quien se prepara para una última batalla. Y yo… yo empezaba a sospechar que aquello iba a salir caro.


Porque si la comida fue memorable, el frío del restaurante fue legendario. Hacía tanto frío que si necesitabas pasar por boxes, la búsqueda en el culotte se convertía en una aventura de desafío extremo, digna de Indiana Jones: manos temblorosas, dedos agarrotados, giros imposibles… no por despiste, no, por congelación directa. Una experiencia mística. Salías del baño siendo otra persona. Más humilde. Más consciente de la fragilidad humana, más... pequeña.

La salida de la comilona fue el verdadero punto de inflexión de la jornada. Con el cuerpo lleno de jabalí, la digestión pidiendo tregua y el termómetro aún en modo Siberia, retomamos la marcha. Y ahí apareció el castigo al farsante.

De los tres, yo, el más friolero, fui el más perjudicado. El frío se me metió hasta los huesos. tiritando sin control, como una lavadora mal equilibrada, y ya no dejé de hacerlo en los últimos 15 kilómetros. Bajadas, llanos, incluso algún falso llano…pedaleaba tiritando, con la mirada perdida y el alma encogida. De vez en cuando se escuchaba “frío Melofoooo”…

Quicof, gracias a su motor y a su calor interno patrocinado por la tecnología, avanzaba sin mayores dramas. El Capitán Chándal, fiel a su papel, todavía tuvo fuerzas para un último ataque simbólico en la última cima, más corto, más digno, casi ceremonial. No para irse, sino para que constara en acta.

El regreso a Pego fue un descenso largo, rápido y reflexivo. 64 kilómetros después, quedaba claro que aquella ruta no se había ganado en vatios, ni en baterías, ni siquiera en fuerza bruta, pero sí que dejaba ciertas conclusiones muy claras.

✔️ La eléctrica ayuda y mucho 🔋.

✔️ El jabalí no perdona 🐗.

✔️ El frío castiga sin piedad (Puto frío) ⛄.

✔️ Y el Capitán Chándal atacará siempre en la cima, aunque no haya nadie persiguiéndole, aunque no sirva de nada…🚳

Todas las fotos en Google Photos

Track de la etapa en Garmin Connect y Strava


4 comentarios :

  1. Grande Melofo, gran estreno, muy buena redacción. Esperamos que sea la primera de muchas aventuras literarias DT. Melofooooo fríooooooo ❄!

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  2. HE ESTADO HACIENDO PRUEBAS CON EL IFRAME de Garmin Connect final del artículo. el código está bien, pero por motivo desconocido Garmin rechaza la conexión. he sustituido inserción por imagen+link. buenos días para el que así los tenga

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  3. Gran crónica Melofo. Por fin llegó. Has estado a la altura y has superado las expectativas. Sigue así y finalmente haremos un hombre de ti. MeloFríoooooo.

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Salud y buenas pedaladas amig@s. dandolotodo09@protonmail.com